Ha sido sobrecogedor para todo occidente lo que le ha pasado a Haití, éste hermano menor, el más chiquito de la familia, al que menos atención le poníamos. Pero algo tiene la muerte que cuando es escandalosa y repentina nos hace voltear a verla como si fuera la primera vez, y nos hace otorgarle al que perece cualidades divinas y heroicas, algunas veces merecidas, y otras veces infladas por el miedo que nos provoca morir. Y así ha sido Haití, que sólo hasta el día que la muerte vomitó encima de él, reconocimos, sus hermanos colonizados, el heroico esfuerzo de independizarse de los blancos, y de ser el primer país independiente y negro. Y fue hasta ahora que nos dimos cuenta la injusticia de su deuda, de su erosión, de su pobreza.
El mundo volteo a ver a Haití con lástima e hizo llegar a los medios antes que la ayuda, nos fue más importante saber que sucedía ahí, tal vez saciar nuestro morbo, que asegurarnos que la ayuda llegara a tiempo. Todo occidente envió corresponsales a cubrir la tragedia, ojos valientes que le han contado a los que están frente a los monitores y los diarios, como se amanece, como se duerme y como se sobrevive en las ruinas. De España fue enviado el reportero Fran Sevilla, quién utilizó su blog para narrarnos lo que sus ojos veían y su piel sentía. Durante trece días seguí el diario de Fran sobre Haití, me conmocioné con lo que él veía y nos contaba. Descubrí a un reportero testarudo, que se negó a subirse a los camiones de las Naciones Unidas que repartían migajas al pueblo hambriento, que se negó a acompañar a los militares estadounidenses en sus recorridos y que se enfocó en contarnos la otra historia que no se decía por los medios tradicionales, nos contó la noticia de que la ayuda no llegó a tiempo, que primero llegó un despliegue militar enorme antes que los alimentos y las medicinas, como si en lugar de ayudar a los damnificados, se tratara de someterlos a punta de pistola, como si se tratara de una invasión ¿?. La última narración del diario de Fran fue conmovedora, melancólica, enojada, triste, y, aún no entiendo cómo, esperanzadora. Le robé varias a frases a Fran para hacer ésta canción, una canción que busca hacerle un homenaje al hermano menor de todos los hermanos americanos sometidos por la colonia europea y estadounidense, y sobre todo hacerle un homenaje a un reportero que hizo su trabajo de la forma más digna y honesta que he logrado ver en los diversos medios de comunicación. Que bueno que existe gente como él.
Ojalá que Haití no sea una moda que se quede en las beneficencias histéricas, en el amarillismo, en el morbo y en la muerte. Espero que ésta canción ayude a vencer la amnesia que le sucede al mundo un mes después de que sucede alguna tragedia.
No resulta fácil hacerse a la idea,
De que en unas horas no veré lo que hay aquí.
Cuando lo que te rodea es tan impactante,
Se hace extraño que algo más pueda existir.
Mi trabajo es pasajero y me reclama,
Soy un reportero que abandona Haití.
El día ha comenzado con la extraña sensación,
Que ha venido siempre a cada despedida.
Cada rostro y cada rincón,
Cada gesto es tamizado,
Por el esfuerzo de hacer un desapego.
Pero no se trata, al menos de momento,
Que comience yo a hablar de mí.
Me quedo con la canción que entonaba una niña,
Acompañada con las palmas de otros niños,
Y que cantaba que quería comer.
Me quedo con los pequeños volando una comenta,
De cuatro cañas sacadas del escombro,
Que hacía pensar que se puede volar.
Me quedo con una imagen de mis primeros días,
En los añicos, en la muerte, en la ruina,
Un hombre y una mujer, cargando a su bebé,
Sonriendo al milagro de la vida.
Mi trabajo es pasajero y me reclama,
Soy un vagabundo que abandona Haití.
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